EL TIFÓN ME AGUA EL DÍA

Día 1
Me dijeron que la noche había estado pesadita, que el Caribe andaba revoltoso e iba con la rienda suelta, que ya se veía venir, que el huracán se paseaba a sus anchas desde hacía tres días y ya se había exhibido en Santo Domingo y Haití. Venía lento, de sureste a noroeste. Yo me estaba enterando ahora de todo esto en recepción. Es cierto que el mar furioso saltaba enojado sobre el Malecón aquella mañana, y el viento pulverizaba el salitre sobre los viejos y derruidos edificios coloniales. Me gustaba ver la bravura imponente del mar, me hacía creer que podría engullir a La Habana entera con un simple golpe de tos de este océano. Me es imposible adivinar los misterios que encierra esa masa de agua que cuando se enfada hace temblar al mundo.
A largo plazo están las expectativas, pero hoy no tenía con otro elemento que recrearme, ni quería, por lo que me entretenía con estas cosas. Lo mejor que podía hacer era pasear por el Malecón a pesar de la furia del ciclón. Vas andando y piensas. O no piensas. Lo mejor es no pensar, es muy difícil pero no imposible si se tiene mucha práctica. Vienen ráfagas de agua, ni un alma se ve en el Malecón, el cielo está encapotado y parece de noche, es una luz fría, gris y húmeda, una luz hiriente y cruda. Me sobrecojo, me tiembla el pulso, y me refugio bajo un tejaroz hasta que amaine el temporal. No tengo motivos para estar melancólico ni triste, pero este tiempo luciferino me puede, me sume en la pesadumbre. Ayer tuve una fiesta y hoy estoy en un velorio. Pero soy yo quien decide, así que me armo de fe y salgo de mi refugio espantando la congoja, el disgusto y todo eso. De manera que en cuanto afloja el aguacero me alejo buscando un garito donde tomar una copa y me adentro en un chiringuito que ya conocía. Allí se baila salsa, se toca jazz, se come y se bebe. Mientras elijo algo para comer, pido un guarapo y me lo bebo de dos tragos. Es muy fuerte, más soy yo, me digo. Demando otro y se me resiste el condenado. La comida tarda, aquí la prisa no se conoce, nadie al parecer necesita reloj. No te estreses mi hemmano, me dice el camarero al verme teclear el mostrador con los dedos, y yo, que esta salmodia de sangre fría me empieza a gustar, a participar de ella y me va moderando en todo menos en el sexo, no me sofoco y le sonrío. Son buena gente, te hablan con educación y respeto, pero eso sí, para evitarles un sofoco debes dirigirte a ellos sin agobios porque así los ha hecho su clima.
Salgo del local medio borracho de zumo de caña y ron. El cielo sigue encapotado y falto de luz. Hoy es un día a perros. Me voy al hotel y leo tumbado en la cama. He elegido uno de los libros comprados en unos tenderetes montados en la calle Obispo, cerca de la Catedral, escrito por Saturnino Ullivarri, llamado Piratas y Corsarios en Cuba, que por el título no hace falta hablar del tema que trata.
No termino de leer la introducción cuando me quedo dormido.




lasrecetasdeteresa dijo
Muy bueno tu posts. Besitos.
20 Enero 2011 | 05:17 PM