- A esa cabilla hay que enterrarla de inmediato, le dije

Me llevó a un apartamentito que alquilaba para escarceos amorosos una tal Norma. No me dio tiempo de quitarme la ropa, me empujó y caí sobre la cama. Me la sacó y jugó con ella cuanto quiso hasta dejarla en el punto de no retorno pero sin llegar a destino. Fue una prórroga, un alto en el camino, así lo entendí yo. Sobre una mesa tenía una botella de ron añejo de siete años. Me sirvió un trago largo con hielo y después otro. Ella bebía de lo mío y me lo traspasaba de su boca a la mía directamente, me gustaba este nuevo juego porque además de ser novedad me daba la ocasión de apretarme a su cuerpo y hacer recorridos por su mapamundi. Con el trago siguiente me pasmé y estuve dándole pinga durante una hora sin venirme. Mejor dicho, la tomaba ella de mí pues yo quedé con el cuerpo como muerto menos la pinga que se manifestaba con fulgor. Movía su cintura y su pelvis y gozaba a lo grande y me rociaba con ron que luego bebía pasando su lengua por mi piel. Otros experimentos pretendía y yo me negué. Lo que está para entrar, que entre, y lo que está para salir, déjalo estar. O esta negrita sabe mucho –que sí- o este chaparrón le cayó después de una larga sequía o era una viciosa de tomo y lomo.

Me concentré y me vine al mismo tiempo que ella lo hacía una vez más, pero en esta ocasión terminaba su orgasmo repitiendo: “hay papito, papito, papito”.

En cuanto me repuse un poco con una pausa y una ducha fría –lo de ducha es un decir-, salimos a la calle. Me sentía agotado pero feliz. Pasamos junto a La Chorrera y me fortaleció la visión del agua. Me acercó al Malecón, se sentó en el muro con la espalda apoyada en una de sus luces y me ordenó que me tumbara a lo largo y apoyara la cabeza en su regazo. Me acariciaba, se inclinó hacia mí, me puso una mano en la mejilla y me besó en los labios con mucha dulzura. Sin abrir los ojos, le pregunté:

- ¿Cuántos años tienes?

- He cumplido los diecisiete.

- ¿Cómo sabes tanto de la vida?

- Aquí aprendes o te mueres. Todos tienen una carrera o estudian, pero vivimos como podemos. La vida no sabe de ti y hay que salir a su encuentro, sorteando peligros.

- Eres una mujer 10.

- Y tú eres muy lindo.

Estuve tentado de invitarla a pasar la noche en el hotel, pero desistí de correr riesgos en el caso probable de que pudiera verla Hayda y me fijara un ayuno carnal indefinido. No me lo perdonaría nunca.

Comimos algo y nos despedimos. La negrita me había dejado para el arrastre, satisfecho para unos largos días, y no me atreví a solicitarla para mañana.

- Ya te llamo.

- No tardes, papito.

Hayda me miró con  ojos que hablan, ojos acusadores. Me entregó la llave.

- Hoy lo tuve libre y estuve esperándote. ¿No habrás tenido algún “accidente” callejero?, me dijo con retintín.

- Me encontré con un español y estuvimos bebiendo. Luego te cuento.

Dormí como un bendito.