Día 31

Anoche dormí bien, media noche solamente pero a pleno rendimiento. Cuando me desperté estaba soñando con Hayda, alargué el brazo para tocarla y encontré el vacío, sólo estaba en mi sueño. Después, y con una sonrisa abierta, ya no pegué ojo hasta la mañana. Era el hombre más feliz del universo y mis razones tengo, pues después de muchos días sin sexo y excitado con la visión de los cuerpos esculturales que bullen en La Habana, y codiciando desde que entré en el hotel a la persona que anoche se me entregó, es fácil comprender mi encantamiento. Se me dirá por algún moralista que me pueda surgir que hay algo más importante que el sexo para ser feliz. No lo voy a discutir, pero que nadie me discuta a mí que en estos momentos es la condición orgánica que necesito para redondear mi estabilidad. Es, dicho en romance, la actividad o la ocupación o el juego que ahora más me urge practicar. Esas horas que me brindó esta hermosa mujer me han dado el reposo y el sosiego que mi espíritu necesitaba. Ni puedo pedir más, ni otra cosa, para lucir radiante.

Dispuesto a conocer La Habana, esta mañana me he dado un garbeo para visitar los lugares que no son comunes; quiero decir que no son comunes a los turistas, pero que sí son habituales para los habaneros. Son cosas de este país, que merecen capítulos aparte, y muchos. Dejémoslo por ahora. El caso es que me pierdo andando por San Lázaro y entro en el bario de Cayo Hueso. Tengo sed y me sale al paso un bar tranquilo y raro en su ubicación, según me contaron luego. Hay una barra larga con banquetas, y se sirve, además de un paticruzado recio e indómito, y otras variedades de ron menos briosos, unos sopicaldos para gente de paladares desaboridos. Me siento en una banqueta de la esquina, cerca de la puerta; estos sitios que no conozco es mejor una salida rápida y fácil si las cosas vienen mal dadas. Me tomo un ron y me cae bien; me pido otro y le doy largas observando ese mundo de dentro tan diferente al que nos es familiar en España.

Entra un cubano que cojea visiblemente, se sienta a mi lado y me empieza a contar sus líos. Estuvo de encofrador unos días, le cayó un bloque y le reventó el pie, diez horas diarias trabajando, pero se llevó a casa siete dólares. “Mi mujer me templó, me agarró con ese cuento el dinero y le compró unos tennis a mi hijo, y a los cuatro días los había destrozado. Así no se puede vivir, acere, por eso es que la gente se quiere ir del país. Y hace bien.” Y siguió con su lío el buen hombre, y yo escuchaba su historia pero teniendo la vista fija en una mulata que bebía ron y hablaba con un negro que le colgaban seis collares del cuello y el brazo que yo divisaba llevaba tatuado el mapa de la isla hasta la muñeca. El tío pagaba con billetes altos y reía a cada frase suya. Yo miraba a la mulatita y ella también me miraba de reojo, cuando veía chance para mirar. Se movió a conciencia y se puso a tiro de mi mirada y yo me concentré en sus tetas, en sus caderas y en sus muslos. Tuve una erección fuerte al suponerla en la cama, con los brazos extendidos y esperándome.

Embobado estaba cuando por la puerta aparecen dos tipos, detrás de mí brotaron. Daban voces, me levanté, y vi a uno de ellos ensangrentado y al otro también con un cuchillo en la mano que lo perseguía. Iban borrachos de alcohol o de marihuana, o de la mezcla, hasta las cejas, pero eso no me importa, deduje, yo quiero salir de este lío y que se maten si quieren. Cayeron los dos al suelo, yo creo que muertos, y tanto los que estaban tomando el aguachirle como yo, salimos de allí pitando como rata por tirante. Pero la policía ya estaba en la puerta y detienen mi huída. Me mira uno de ellos de arriba a abajo:

-¿Italiano?

- No, español.

-Ah, gallego.

-De Madrid. Yo entré aquí a tomar un trago y se me vino esto encima. No sé nada.

-Eso ya lo veremos.

-¿Y qué tenemos que ver, agente?

Me mandó registrar, afortunadamente no me mancharon con su sangre y no me pudieron culpar, y afortunadamente llevaba mi documentación en el bolsillo, que la leyeron seis veces. La mulata y el negro de los seis collares habían desaparecido como por ensalmo, y el dependiente del bar fue el primero que se fugó. Tipos listos, acostumbrados a burlar esta clase de conflictos. Tras preguntarme donde residía y comprobarlo telefónicamente, me dejaron ir.

Son cosas del destino. A veces la vida se dispersa y es como un río que se sale del cauce y se desborda sobre la tierra. Y lo que estaba bien se vuelve del revés en un santiamén. No te da tiempo a pensar qué es lo bueno o lo útil, sólo que llega la marea y te arrasa mientras contemplas entretenido el paisaje. Y precisamente por el paisaje me llegó la tormenta. Si la mulata no hubiera estado allí, no me hubiera entretenido tanto y no me habría visto encenagado de barro.