Decíamos ayer que tras la derrota o contrariedad que tuve con Mónica y el escándalo pasajero que me provocó la niña de mirada pícara, decidí llamar a Francisco Alegre, el taxista.
Lo llamé.
-Qué, chico, ¿cómo te va?
-Jodidamente. Anda, dame un paseo por La Habana, quiero despejarme.
-¿Qué cosa quieres ver, hermano?
-Primero me llevas al cogollo de la ciudad, allí donde van todos los guiris. Luego, ya veremos por dónde salimos.
Acababa de dejar el Morro a mis espaldas, cuando me di cuenta de que en un pis-pas llegamos al centro neurálgico de la ciudad. El Capitolio y sus busconas de alrededor, el Floridita –Hemingwai presente en bronce a tamaño natural-, donde nos mojamos con mojitos elaborados con demasiada prisa pero regalados nuestros oídos con música excelente; la Casa del ron, donde me aprovisioné, La Bodeguita del Medio, donde nos volvimos a mojar esta vez con daiquiri; el puerto, las avenidas, los edificios derruidos y habitados, las casas coloniales. Lo normal en estos casos. Y cosa curiosa: el autor de “El viejo y el mar” trasegaba en el Floridita daiquiris y en la Bodeguita, mojitos; al revés de como es ahora el consumo. Para algunas cosas Cuba va cambiando, aunque no en lo esencial.
-Ahora toca almorzar, Francisco Alegre, ¿dónde me llevas?
-Un buen sitio es El Palenque. Si quieres lujo, Tocororo.
Quise conocer el lujo antes de que se terminara mi dinero. Es un sitio tan acogedor como amables sus empleados. Conocí a Jorge Muguercia, un camarero blanco, joven, modélico y enamorado de España. Antes de comenzar a comer me ofreció una tablilla y me dijo: pon lo que quieras y fírmala. Escribí:
Si Dios, que es suma Verdad,
aquí comiendo nos tiene,
será porque le conviene.
Hágase su voluntad.
Es un fasto en La Habana recoger firmas y sentencias del viajero para que las luzcan en las paredes con orgullo, algo parecido a como hacen los escopeteros con los trofeos de caza.
En la mesa, Francisco no se mostraba nervioso, daba la sensación de una persona que ha pasado y conocido de todo. Me parecía que ningún escenario le fuera extraño. Su verbo era fácil y fluido, lo que unido a su prestación laboral conmigo me resultaba un tipo agradable.
Al final de la comida Jorge me enseñó el local punto por punto, me hice fotos con él y quedé en llamarlo. Si necesitara ayuda para mis escarceos ya podía contar con un negro y un blanco, según el territorio por donde me fuera a mover. Hay que estar preparado para todo, en vista del revés que me dio Mónica esta mañana.
Ya en la calle, una muchacha alta, con minifalda azul y medias de malla, se dirigió a nosotros con una sonrisa. Venía caminando con un meneíto de serpiente borracha y vestía arriba un bajichupa por donde espejeaban sus pezones de aceituna y sus aureolas moradas que a mí me erizaron. Llegó junto a Francisco, suspendió por un momento sus contorsiones, se le colgó al cuello y le susurró al oído:
-Me tienes abandonada. Si es por otra te la voy a cortar rente.

Noooo ,no puedes dejarme así con la historia a medias!! qué bueno!Un relato muy bien narrado y con descripciones tal que me parece estar viendo los personajes.
No te demores en continuarlo ¿si?
Cariños desde América del Sur
Paso a visitar Cuba, leerte es como viajar allí, hasta tengo en la boca sabor de mojito...umm
Bien eso de hacer amistades de todos los colores, dicen que amigos hasta en el infierno.
Sigue, te espero.
BesoTess con caña de azúcar
que le ira a pasar a ese tu amigo, las chicas so peligrosas y mas si tienen unas cuantas copas en cima, ahora netiendo porque estaba algo nervioso, jejeje ya presentia la llegada de su chica.
pasare a leer la continuacion. saludos,
Meneíto de serpiente borracha...jajaja...ni se me había ocurrido pensar en una serpiente borracha, mijo....Oye, qué pasa que no apareces? ya te echamos de menos, y da para pensar en por qué no escribes...por qué no cuentas tus aventuras...A lo mejor te "cazaron" y estás ahora en serio? ¡cuenta! ¿cuenta!
Besos.