Desde mi ventana

 

Día 29 de marzo

A medianoche me despertaron los cantos de un grupito que, sentados tranquilamente en el Malecón, intentaban afinar tonadas mexicanas sin conseguirlo. Se ve que para el canto son libres como pájaros, no hay autoridad que los calle. ¡Qué raro!, yo pensé que aquí estaría presente el son, pero como las rancheras y los corridos gustan tanto, no le di la mayor importancia. No digo yo que escandalizaran por el desafine sino por el horario en que entretenían su monserga. El caso es que no volví a la cama, sediento que estaba por vivir. Me duché, me acicalé con esmero; de arriba abajo me cambié de ropa, hay que estar preparado no vaya a ser que me venga alguna sorpresa de cara y... Tardé un buen rato y cuando salí del baño, clareaba. Esperé la salida del sol con la máquina de fotos en la mano. Y apareció el rubicundo, gigante y limpio, marcando el horizonte y dorando el mar. Me entretuve gozoso contemplando su ascensión  hasta que borró el horizonte con los flecos de la neblina. Y así quedó el Caribe, azul e imprevisible, como si el gua fuera de oro y cielo. Un grandioso espectáculo. Me despegué de la ventana triunfante, como si hubiera noqueado a un contrincante en el ring, olvidando todos mis pormenores del viaje. Rectifico, no todos, porque la recepcionista no la quiero olvidar ni lo pretendo.

Me perfumo antes de salir de la habitación, a la chica de abajo debo impresionarle o al menos causarle una estupenda impresión. Le entrego a ella la llave.

-Me dices tu nombre, por favor.

-Hayda. ¿Cómo ha pasado la noche?

-¿Qué otra cosa pude haberle dicho? Sólo regular Hayda; la almohada baja, poco relleno. ¿Podrías subirme otra?

-Intentaré que la suban.

No era eso, mi intención era que la subiera ella y yo estar presente en la habitación. De no ser así, me iba a encontrar con dos almohadas sin necesidad de la segunda, pero ya estaba dicho. Yo quería palique con ella:

-¿Tenéis servicio de lavandería?

-No, pero puedo recomendarle un casa particular donde le lavarán la ropa.

-Te lo agradezco. Oye, Hayda, te estoy llamando de tú, ¿por qué no me tuteas?

Me dijo que no era costumbre y que debía atender a otro cliente. Había aleteado un brillo de astucia en su mirada porque la chica al momento se dio cuenta de mis intenciones. Me atrajo aún más porque era inteligente con un cuerpo exquisitamente formado, así que cuando observó que entraba en terreno prohibido me despidió. Pero esa mirada me dijo algo que no supe interpretar y la confundía entre conceptos desordenados en mi cabeza: bien podrían ser de desprecio o bien de señuelo. Pensé en lo primero y me fui sin desanimarme por el desaire al comedor, una sala espaciosa y oscura. Aunque madrugué para pegar la hebra con la recepcionista, al entrar en él percibí que no fui el primero, pues tres mesas ya estaban ocupadas. Tomé una desde donde se divisaba la puerta de entrada, elegí mi desayuno y esperé a ver qué ocurría allí.

Entraban chicas jóvenes, excesivamente jóvenes para alojarse solas. Naturalmente eran extranjeras, a nadie se le ocultaba. Una de ellas se iba a sentar en la mesa de al lado y la invité a ocupar la mía. Se despojó de una mochila y me saludó. Me llamo Mónica, soy española, me dijo con naturalidad.