Me vi en Barajas, en la terminal cuatro, a la espera de embarcar rumbo a La Habana. Pude elegir otro destino, como Marbella o cualquier otro punto turístico de nuestra costa mediterránea. O Galicia, que tanto me atrae. Pero no, estos sitios están a tiro de piedra y yo quería aspirar otros aromas más exóticos.

El avión de Iberia no sale puntual, eso es una constante. El vecino de asiento es un italiano que farfulla en español macarrónico e increpa a las azafatas en todo momento; melindrea de continuo y le hace ascos a la comida. Un tipo impresentable que no para de hablar y molestar. Los hay en todos sitios, no hay por qué preocuparse. Se dirige a veces a mí queriendo hacerme cómplice de su situación, pero yo estoy enfrascado en la lectura y no tengo más remedio que reclamarle mi derecho de intimidad. Pienso que este sujeto quedaría encajado estupendamente en la cercana Semana Santa andaluza donde a lo largo del Triduo Pascual podría curar su ego a los pies del “Cachorro”, y destilando la adrenalina que le sobra voceando en la calle a los pasos santos.  A ver qué iba a decirle a los vesánicos sayones que azotan a Jesús, el de rostro sereno, atado a la columna. Y a San Pedro, impotente y desolado por las negaciones. Y a los tamborileros que tocan destemplados esperando el desgarrador grito del cornetín. Yo le habría dicho: ahí tienes tu mundo, arde en él. Por el contrario, me hubiera gustado haber compartido viaje con una chica joven, de tez morena y pelo crespo, que volviera a su país. De esta forma hubiera podido entablar diálogo y quién sabe si se hubiera atrevido a servirme de guía. O para lo que fuera menester; pero como me tocó en suerte un jabalí, lo cuento tal cual porque este fue un hecho real.

Mi acopio personal cabe en el bolso de mano que me merqué en un gran establecimiento. Y en el aeropuerto compré una guía de la Habana y el libro Los pilares de la tierra, que no he pasado de la página trece porque me parece, en contra de las recomendaciones de mi amigo Espinosa, una historia que se me atragantó desde los inicios. Es un mamotreto de aúpa, exhaustivo en las descripciones, al que le sobran la mitad de las páginas. Un coñazo de tío y un coñazo de libro, que me están ambos haciendo pasar nueve horas insufribles. A veces vuelvo a abrir el libro y si leo, saltando páginas y sin concentrarme, es porque el avión me da miedo y es el único recurso que creo puede utilizar en el aire un pasajero novato y miedoso como yo.