Vía Dougga  Cartago

 

Bueno, así lo cuenta la leyenda pero las cosas no acontecieron de esa forma. Tampoco se conocen exactamente porque los romanos hicieron lo mismo que con Etruria: reducirla a cieno como para hacer imposible hoy, por falta de datos, la reconstrucción de su historia y de su civilización.

Sí es seguro que a Cartago la fundaron  los fenicios, un pueblo afín a los hebreos. Grandes mercaderes y navegantes que se desplazaban por el mundo conocido comprando y vendiendo. No le temían ni al rayo ni a la tormenta ni a las tempestades. Fueron los primeros marinos del mundo que rebasaron las Columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar), e igualmente navegaban hacia el sur, bordeando la costa africana, que hacia el norte, remontando la península Ibérica. En estas incursiones había fundado varias ciudades cuando ya Roma había nacido.

Sobre este asunto ya dijimos algo en capítulos anteriores.

Tiro y Sidón tuvieron la desgracia de encontrarse en el camino de Alejando Magno. Huyendo de sus ejércitos salieron de najas los millonarios de aquellas ciudades que, como era natural, se  refugiaron en Cartago, sitio de costumbre que era entonces como en otra época lo fue Casablanca. Con los millonarios llegaron los millones y población nueva que empujó a la indígena, pobres negros reducidos a esclavos y siervos, hacia el interior del país. No sólo eran los cartagineses expertos en el comercio y en el mar sino que, en contra de la opinión de ser pueblo refractario a la tierra, demostraron ser maestros de numerosos cultivos, especialmente en viñas, olivares y frutales. Destaquemos a Magón, el más grande profesor de agricultura de toda la Antigüedad. Cartago no sólo poseía una economía equilibrada, sino que su sistema económico y financiero era el más adelantado de la época. Cuando Roma acuñaba toscas monedas de metal, Cartago ya iba por los billetes de Banco (tiras de cuero estampilladas por valores). Lo que hoy es el dólar. Su valor nominal estaba garantizado por las  reservas de oro en las cajas del Estado, que se incrementaba extraordinariamente con cada nueva conquista. La primera cosa que Cartago hacía era imponer un tributo, y no ligero, al pueblo vencido. Un ejemplo, y ya que estamos en Italia, contemporicémoslo: Leptis pagaba el gran honor de ser vasallo de Cartago con 365 talentos al año, que al día de hoy supondrían unos mil millones de liras. Nada tiene de extraño que Cartago gozara de una lozanía nunca vista y sus habitantes, cerca de tres mil, de una prosperidad inusual. Vivían los más pobres en edificios de hasta doce plantas, y los más ricos en palacios con jardín y piscina. El puerto tenía doscientos veinte muelles y cuatrocientas cincuenta columnas de mármol. Los baños públicos y los templos abundaban como aquí los bares. En el centro había la city y a su alrededor un bastión de murallas almenadas con capacidad para albergar hasta veinte mil soldados, cuatro mil caballos y trescientos elefantes.

Del pueblo y sus costumbres sólo nos queda lo que los historiadores romanos, Polibio y Plutarco, nos han dejado. Y como no podían ser ecuánimes en sus opiniones, nos reservamos hablar de ello.