No quiero dejar pasar por alto la influencia que las costumbres religiosas de los etruscos ejercieron sobre Dante. Este pueblo conocía a la perfección y al detalle todos los tormentos del infierno. Sus sacerdotes creían que para tener a la gente atada e inmovilizada, más valían las amenazas de la condenación que las esperanzas de la absolución. Dante, nacido en Etruria, derrochó su parecer más sobre el infierno que sobre el paraíso. Eso de tener a la gente atada por vía de las amenazas de la condenación me suena a rito actual,  a ceremonia dogmática.

En política, sus ciudades eran dispersas e independientes, hasta el punto de no unirse entre ellas jamás; ni hubo una que destacara lo suficiente para anexionar al resto. Esto, lógicamente, favoreció a los romanos cuando entraron en guerra. Prefirieron ser anexionadas una a una por Roma  antes de ser conquistadas y sometidas.

Pero no creamos que los etruscos eran monjas de clausura. Si para la salvación de algún pariente debían hacer sacrificios humanos, los hacían. Los prisioneros de guerra eran destinados a este fin. Se sabe que en una batalla contra los romanos capturaron a trescientos de ellos: fueron muertos lapidados en Tarquinia. Y a la mañana siguiente, sobre sus hígados todavía palpitando, trataron de diagnosticar los acontecimientos futuros de la guerra.

Bien, pues todo lo que aquí se cuenta ha sido reconstruido gracias a la cerámica y bronce, única herencia dejada por los etruscos. Si hablamos de la cerámica no debemos dejar de resaltar la de "Apolo de Veyes", de terracota polícroma, que denota una gran pericia y un gusto refinado de los alfareros etruscos.

Pero como así los italianos de ahora hacen las cosas en broma y mal, aquellos de la Antigüedad lo hacían de manera seria. Y cuando se les metía entre ceja y ceja la destrucción de un enemigo, no le daban tregua. Y una vez vencido, no sólo ocupaban la casa sino que no dejaban piedra sobre piedra. Así sucedió con los etruscos una vez que se sintieron fuertes para desafiarlos, vengando las humillaciones a que habían sido sometidos. Y pasó lo que tenía que pasar, que a los etruscos no les dejaron los romanos ni los ojos para llorar.  Pocas veces habrá contado la Historia la desaparición de la faz de la Tierra de un pueblo, al tiempo que el vencedor borra sus huellas sin dejar ni rastros de su civilización.

Como nada es eterno, Tito Tacio murió y Rómulo pasó también años más tarde por ese mismo trance. Por cierto, los romanos dijeron que el dios Marte había raptado a Rómulo y lo tenía en el cielo emparejado con él como un dios más: el dios Quirino. Y como dios lo veneraron de igual forma que hacen los napolitanos con san Genaro.

Mas en fin, para no enredarnos ni enredarme, apunto que le sucedieron unos reyes que, más que reyes, debieron ser Papas, nada extraño porque todas las autoridades se apoyaban en la religión. Era una democracia en grado absoluto, sin clases sociales, que funcionó mientras Roma fue un villorrio y no se atrevió a sacar la cabeza fuera de sus murallas. El rey celebraba los sacrificios, dictaba leyes e impartía justicia; pero a medida que la ciudad crecía fue necesario nombrar "funcionarios", lo que dio origen al nacimiento de la "burocracia". A la ciudad, que sigue creciendo, le es necesario mantener los caminos en buen estado, empadronar a la población, atender a la higiene... Nace así el primer organismo llamado "ministerio", que se traduce en el llamado Consejo de los Ancianos o Senado. ¿Qué era este Senado, que ha llegado hasta nuestros días? Se componía de un centenar de miembros descendientes, por derecho de primogenitura, de aquellos pioneros que se desplazaron con Rómulo para fundar Roma.

Y claro, este pueblo tan peleón y tan ambicioso y tan bien gobernado necesitó igualmente de un ejército.