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La Coctelera

carpetovetonico

Amor y vino, sin desatino.

20 Agosto 2009

LA FALCATA

Empecemos diciendo que Cartago fue una lechigada fenicia parida en las tierras resecas y pedregosas de Libia, y más violenta, combativa y provocadora que sus antecesores.

- ¿Hacia dónde vamos, patrón?

- Mira que eres tonto, contramaestre, adonde nos lleve el aire. ¿No ves que es barco de vela, que todavía no se ha inventado el combustible?

Y los dejó en Libia porque el viento así lo quiso.

Pero dejémosla de momento donde está, que no tardará mucho tiempo en armarla parda.

Faltaríamos a la verdad si ocultáramos que los fenicios, mucho antes de fundar Cartago –nos retrotraemos un poco en el tiempo-, competían comercialmente con los griegos, otros que poblaban una tierra pobre y montuosa que los empujaba, y con prisas, al mar, dado lo superpoblada que estaba. Y como cuando llegan a la Península ya sabían que todos los mejores puestos del mercadillo estaban ocupados, deciden quedarse en las costas catalanas y valencianas. Por esta parte, pues por la otra se extendieron por Asia Menor, por el sur de Italia y por Sicilia. Pero en este momento no nos interesa seguir esa ruta.

- Jefe, es mejor quedarse por acá, porque si avanzamos la vamos a liar con los fenicios y a esos hay que temerles. Además, estos sitios están más cerca de Marsella, que es nuestra.

Los griegos, que no perdían ripio en estrujar todo lo que se les pusiera a mano, quisieron apoderarse de la red comercial de los fenicios aprovechando la caída de Tiro. Duraron lo que un suspiro: los cartagineses, muy suyos, no dejaron títere con cabeza en la batalla naval de Alalia (-535) y recuperaron la herencia de sus primos-hermanos tirios. Fue la de San Quintín en el Mediterráneo, convertido en una hoguera de guerras, odios y rivalidades. Y es que los griegos se toparon con el Cartago ambicioso, pendenciero y armígero, que tuvo el acierto de alistar en sus ejércitos al guerrero ibérico, pata negra en la batalla y en el amor. Para el amor sabemos lo que podría utilizar para quedar como un señor ante una señora, y para la batalla utilizaba la falcata, un arma mortal de necesidad. La hoja del arma era de la longitud del brazo, lo que significa que no había dos falcatas iguales dado que se hacían a medida.

En Almedenilla, Córdoba:

- Oye herrero, dice mi padre que le prepares una falcata de la mejor calidad; que no trae las medidas porque ya las tienes registradas. Con empuñadura de caballo, no se distraiga.

- Dile a tu padre que le tengo que tomar nuevamente medidas, porque le cortó un brazo el enemigo y no sé cual es; y además, que puede que haya crecido. No me comprometo a un trabajo que no sea serio.

Este padre, después de ceder a las pretensiones del herrero, recogió el arma y probó su flexibilidad: la colocó sobre su cabeza y doblándola por los extremos hizo tocar ambas puntas sobre sus hombros; la soltó de golpe y el arma quedó intacta, recta. El filo resultó igualmente fácil de calibrar: se rasuró media cara con ella y la otra media la dejó para casa, que se le hacía tarde.

- Pero marido, ¿con quién te has peleado que te ha puesto media cara así?

Esta de arriba fue la culpable.

No es broma. Lean lo que dijo Diodoro de Sicilia, un historiador del siglo V a.J.C.

“Emplean una técnica peculiar en la fabricación de sus magníficas espadas: oxidan trozos de hierro mediante enterramientos del metal, y luego, aprovechan sólo el núcleo para una nueva forja. Esa espada corta y atraviesa cualquier cosa. No hay escudo, casco o cuerpo que resista su embate”.

Casi nada, ¡que se lo digan a los toledanos, que debieron aprender de ellos sus herreros!

No fueron los únicos soldados que sirvieron a los fenicios. También emplearon honderos baleares como mercenarios españoles, de los que Estrabón dijo en su día que: “llevan tres hondas de junco negro, de cerdas o de nervios alrededor de la cabeza: una es para los tiros largos, otra para los cortos y otra para los de mediano alcance”.

Vean.

Estaban en todo los de Cartago.

Nos hemos olvidado de los iberos, que desde la desaparición del reino de Tartessos apenas sabemos de ellos.

Pues lo explico en un santiamén. Pero en la próxima entrega.

servido por vetton 3 comentarios compártelo

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

heteroflexible

heteroflexible dijo

HOLA COMO SIEMPRE UN APRENDE A QUI MUCHO ! TE DEJO BESOS Y BUEN FINDE ...CHAO

22 Agosto 2009 | 01:33 AM

vetton ibero

vetton ibero dijo

Hola Hetero, hacía mucho que no sabía de ti; llegué a creer que me habías olvidado. ¡Con lo que yo te quiero!
De tus vacaciones, ¿qué? Cuéntame algo.
Si la historia te gusta, sígueme, que ya irá por tu tierra en su momento.

Un abrazo

22 Agosto 2009 | 10:05 AM

heteroflexible

heteroflexible dijo

jajajajaja como crees que me olvido de voz.... lo que pasa es que ando en las competencias de surfing ya las ultimas de la temporada ... y son las mas difícil ... y aparte me retiro a si que es como mas ..difícil
pero ya saves aqui andamos yo te sigo oki ... al fin del mundo no ! por que me da pereza! jajajajajajaja oki ...muchos besitos ...chao ..

22 Agosto 2009 | 11:19 AM

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Madrid, España
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Soy una persona tímida, como mi abuelo y como mi padre. Mi madre es otra cosa, es audaz, resuelta y arrojada. Mi padre es inteligente, pero flojo, “sin prisas, no corras, mujer, ve tranquila, no paaasa nada, que porque esté ardiendo el perol en la cocina no se va a incendiar la casa”. Es así, hay que aguantarlo. Cuando yo era un mocoso, una conjuntivitis se alió con mis ojos y mi madre se encaró con él para que nos llevara al médico, “que no, que no paaasa nada, eso es que está el crío rompiendo a ver a la niñita del tercero, que ya le apuntan las tetitas”. Y claro, con un hombre así en casa no esperes un buen porvenir. Y abandoné pronto el hogar con miles de consejos que mi madre me metió en la cabeza para evitar que la vida no me zarandeara, a sabiendas que no me iban a servir de mucho. Recibí al principio más palos que una estera, pero me sirvieron para colocarme en situación, otear mejor el horizonte y entender y estudiar al que me hablaba. Muy pronto supe que el pez grande se come al chico y decidí ser pez grande.

Fui novio de una chica que me pareció de buena posición y resultó ser hija de un millonario; el día que me presentó a su padre éste me preguntó: ¿cómo puedo estar seguro que usted no se casa con mi hija Petrita Montehermoso y Valdepinto de la Hueca por mi dinero? Yo no pensé en ese momento en Petrita Montehermoso y Valdepinto de la Hueca (ni siquiera sabía su segundo apellido, sólo que estaba buena y era rica), sino en la soberbia con la que me espetó la pregunta. Yo utilicé el mismo lenguaje: ¿cómo puedo yo estar seguro de que de aquí a un año usted no se arruina? Y me echaron de esa casa. No me desanimé, conquisté a una chica feota pero adinerada, hija de padre que amasó fortuna poniendo ladrillos, y cuando fui presentado a él, receló de mis intenciones. Me dijo: siendo mi hija fea, estoy seguro que usted viene por el interés. ¡Qué manía la de esta gente! Pues no, le dije yendo a por todas y una vez descubierto, el interés se lo mete usted por los cojones, yo vengo por el capital. Y me echaron de la casa. Y sigo rodando con la intención de ser pez grande. _____________________________________________

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