El descubrimiento de Tartessos fue ¿pura casualidad o voluntad de los dioses? Heródoto nos lo presenta como lo segundo: “Por voluntad de los dioses, una tempestad arrastró una nave de Samos que se dirigía a Egipto y la llevó a Tartessos, más allá de las columnas  de Hércules. Como aquel mercado estaba  todavía intacto, los de la nave obtuvieron fabulosas ganancias…” Sabemos que las columnas de Hércules quedaban situadas en el mundo griego en el estrecho de Gibraltar, mundo conocido hasta entonces. Y continúa Heródoto alabando las riquezas de aquel reino al que lo ha considerado un mercado  del que regresan los marinos con ganancias nunca vistas ni conocidas. Y así era, en efecto, pues Tartessos era la tierra de los metales, de la plata, del estaño y del oro. Vamos, Jauja y El Dorado juntos. Y como los países del Creciente Fértil eran pobres en metales, el descubrimiento tuvo consecuencias  dichosas, prósperas y afortunadas.             

Y es aquí donde entra Fenicia, el país del que hablaba en el capítulo anterior y del que dejé a sus habitantes con las cavilaciones sobre la guerra; situación que al parecer no han acertado todavía en Consejo a encontrar una solución común a sus conflictos (eso pasa en las mejores familias). Pero la idea del poeta andrajoso y cantor de la protesta, los puso en guardia. Y dijeron: “Si tenemos mar y bosques, ¿por qué no construimos barcos, nos hacemos a la mar y nos buscamos la vida en las aguas”? Dicho y hecho. “El pueblo botado al mar por su geografía” –lo ha dicho también Heródoto-, taló los cedros, construyo barcos y se echó a la mar confiando en su astucia y en saberse un pueblo predestinado al comercio marítimo. Nadie les puede negar la pericia, baste decir que hacia el año 600 a.J.C., una expedición exploratoria fenicia financiada por el faraón Necao II dio la vuelta a África partiendo del mar Rojo y regresando, tres años más tarde, por el estrecho de Gibraltar. Eso es tener valor, necesidades y ganas de correr aventuras con riesgos incluidos.  Como éste, por ejemplo:

- Esposa, ¿y este niño que está mamando de tu teta?

- Es tuyo y mío.

- ¿Cómo?

- Me lo hiciste en un sueño, parece que lo estoy viendo, quedé embarazada en una noche loca en la que perdí el tino y los pulsos delante de la marinería en el barco que viajabas. Fue real. Yo estaba en decúbito supino, en cubierta y descubierta, tú te me echaste encima con potencia salvaje y en decúbito prono,  y en llegando la luna a…

- ¡Tú eres una zorra!

No sé exactamente si se aclaró este misterio, pero sé de buena tinta que hubo más de uno entre los que se embarcaron. Y es lo que pasa con viajes tan largos, que acarrean riesgos muy extraños.