Los hombres de la cometa seguían pensando en la manera de… Pero hagamos un inciso. Esta gente vivía en una tierra pedregosa y desierta por donde discurrían el Tigris, el Éufrates y el Nilo, cuyas cuencas fluviales dibujaban una media luna, el Creciente Fértil. Y es allí donde florecieron, en el momento de las lucubraciones de esta gente sobre la guerra, el ayuntamiento promiscuo, la rueda y la cometa, una serie de Estados, cuna de nuestra civilización: Sumer, Babilonia, Persia, Israel, Asiria, Fenicia, Egipto, y alguno más que se me olvida. Y estas gentes de las que estoy hablando son naturales de Fenicia, el país costero con vistas al Mediterráneo y con grandes bosques de cedros. ¿Por qué situarlos en Fenicia, si este Estado no dispone de grandes ríos ni de cosechas ubérrimas? Porque lo digo yo.

En esas estaban nuestros amigos los fenicios, cuando, un día de paseo por la playa, un poeta cantor de gestas militares, huido de la ciudad de Mileto poco antes de ser conquistada por los persas, trémulo de hambre y sexo, miró al mar, soñó,  tocó la siringa y cantó:

Mirando al mar soñé

que estabas junto a mí,

mirando al mar yo no sé qué pasó

que, acordándome de ti, lloré.

 

Las crónicas de la época no dicen de quién se acordaba, seguramente de su novia, de su tierra, de la injusticia. O porque no encontraba casa discográfica que le grabara sus canciones. Él siguió hablando de sirenas, de delfines, de estelas en la mar, de sexo, de serenas o procelosas aguas, de tesoros submarinos, de encantamientos, de…

Se destocó del petaso, se soltó el himatión que dejó ver un chitón raído y libertino por lo que no ocultaba, hizo un hato, lo arrojó al mar y se quedó mirando pensativo hasta que se lo llevó la resaca al horizonte. Cantó hasta la extenuación por pueblos y ciudades sus coplas de adulación y enaltecimiento a la mar, de sus riquezas de oro, plata, cobre y estaño que existían en su memoria, hasta ser escuchado y creído. ¿Y qué hicieron con estas animaciones? Echarse a la mar.