Estos hombres ya habían inventado la usura, el interés (la etnia judía, claro) la prevaricación, el cohecho y todas las maldades que pueda imaginar una cabeza ambiciosa. Lo del derecho de pernada, cuyo acto e interés no residía en la cabeza precisamente, ya lo habían montado los monos antes que los humanos, de manera que no constituía dentro de la sociedad ninguna falta ni ningún pecado (el pecado no era conocido, pero yo lo pongo), sino que era una costumbre admitida. Ya hablaremos de esto cuando llegue el momento.

Pero este progreso humano no se correspondía con adelantos técnicos, pues no iban más allá de la piedra y del hueso. Eso sí, eran unos monstruos trabajando estos materiales. De huesos sabían un rato largo.

-Oyes, Pata Corta, tú que eres asirio y estás llamado a dar hijos y reyes, que darán a su vez grandeza a tu pueblo; tanta, que a lo mejor algún día hasta pueden escribir “Las mil y una noches” en un medio llamado papel, ¿por qué no investigas sobre ese hueso de israelita que acabas de mondar y te inventas algo?

- Muchas gracias, mi sátrapa, intentaré complacerte. Pero si lo consigo, ¿qué me darás en premio?

- Te rebajaré un dos por ciento de los impuestos.

Y a Pata Corta se le ocurrió perforar el cúbito del judío con un punzón de hueso hecho de cuerno de toro bravío de la pradera salvaje, sopló por la punta jugando con los agujeros y sonó de manera especial.

- La voy a llamar flauta.

Fue entonces cuando se inventó la flauta, la música y el refrán.

Pero no daban más de sí aquellos amigos míos. Cuando hallaban una piedra de color que no servía para sacarle astillas (lascas la llamaban los más cultos), se la regalaban a las mujeres.

- Mira, Corza Alta, para que veas que me acuerdo de ti te traigo esta piedra color esmeralda, pero no me la tires a la cara como otras veces ni me digas que te la regalo porque no sé sacarle provecho.

- Desgraciado, subnormal, tráeme oro que es lo que hace el vecino con su novia.  Ya estoy harta de collares de malaquita y de azurita.

- Estás lista, ahora voy a ir yo a Riotinto sin caballo y sin carro, que me lo robaron.

Así seguían subsistiendo años y años. Y pasaron decenas de miles de años, y como no dejaban de inventar, un buen día que, recién cobrada la paga, llegó tarde a casa Asurba el de ojos claros con claros síntomas de borrachera y oliendo a leña de otro hogar, la mujer, muy astuta ella, lo puso firme, y, luego de pedirle explicaciones, le mandó registrarse los bolsillos. Los volvió, como se vuelve un calcetín, y se le cayó a la lumbre una piedra de malaquita que se transformó en una pasta brillante; al enfriarse resultó un nuevo elemento desconocido hasta entonces y con el que se comenzó a fabricar, además de adornos (las mujeres ya estaban hasta el moño de tanto adorno, y en las repisas de las casas no cabía un alfiler), objetos más afilados y resistentes que los de piedra o hueso.

Pues ya tenemos aquí la metalurgia del cobre. La revolución. La nueva era de los metales había llegado.

Pero hasta alcanzar su repercusión en los en los sistemas de producción se tardó su tiempo, porque el metal era escaso y no daba más de sí que para fabricar pequeñas tonterías.

- Mira, esposa mía, te traigo un regalo de cumpleaños: esta mariposa de metal del color del cobre que sólo le falta volar de lo bella que es.

-Vete a la eme, si me tienes la casa llena de insectos.

El cobre empezó a fabricarse en España a principios del tercer milenio a.J.C. Un milenio después vendría el bronce  y, finalmente, el hierro.

Cuando progresó la minería aumentaron las reservas metalíferas y por tanto se abarató lo suficiente para que compensara emplearlo en cuchillos, azadas, y otras herramientas que mejor es no hablar de ellas. Progresó la agricultura en terrenos cultivables de vid y  trigo como cereales más importantes. Mis amiguetes, los recios iberos, se dieron cuenta que de la encina caía un fruto al suelo que comían con afán los cerdos de pata negra y pensaron que se podría panificar la harina de la bellota como complemento alimenticio. Y lo hicieron. Y las generaciones futuras crecían más sanas y más altas y más recias que la de sus padres; con colesterol, pero como no se conocía pues eran tan felices los hombres.

Pero el cobre no sólo servía para fabricar adornos y herramientas, sino también armas mortíferas. Y cuando se den cuenta de esta potencia, verás tú la que se puede formar.