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La Coctelera

carpetovetonico

Amor y vino, sin desatino.

14 Diciembre 2009

SPQR

Para mi amiga Hetero, mexicana y patricia ella.

¡Cuántas veces habremos visto estas siglas en estampas y en las películas de romanos! Desde aquel año de 508 en que, como dije ayer, fue fundada la República, todos los monumentos que elevaron los romanos por todas partes que ocupaban llevaban las siglas indicadas de SPQR, que querían decir Senatus Populus-Que Romanus, o sea el Senado y el pueblo romano. Pero, ¿qué era el pueblo, cuál era el concepto que se tenía de pueblo? Era algo que no se correspondía con lo que actualmente entendemos con esta palabra. Hoy pueblo somos todos, pero en la Roma que nos ocupa no se incluía a toda la ciudadanía, sino tan sólo a dos “órdenes” o clases sociales: la de los patricios y la de los équites o caballeros.

Los patricios descendían de los patres, o fundadores de la ciudad, esto es de un centenar de cabezas de familia que, según Tito Livio, Rómulo había elegido para que le ayudasen a construir Roma. Como no era para menos, estos privilegiados monopolizaron las propiedades y acapararon los mejores predios. De la misma manera que hoy España es invadida por africanos venidos en pateras, con Tarquino Prisco sucedió que una lluvia de otra gente cayó sobre Roma, igualmente en plan pacífico. Y desde el momento en que empezaron a convivir ambas poblaciones principiaron a diferenciarse: unos seguían siendo patricios, pero a los otros se les llamó plebeyos. Y con Servio (recomiendo acercarse a mi anterior artículo para seguir el orden de los reinados), los plebeyos, sabedores de la importancia que tenían para Roma (el ejército se nutría de plebeyos), terminaron por desbordar a los patricios imponiendo condiciones que mejoraran su existencia. Así, configuraron una nueva clase social, la clase media, potente desde el punto de vista financiero.

Las fuentes aseguran que ambos grupos se enzarzaron en largos y violentos enfrentamientos, y aunque significó una real lucha de clases no fue un calco de los que más tarde, en el mundo actual me refiero, opondría a la burguesía y el proletariado. Aquellas luchas de clases entre propietarios y no propietarios de los medios de producción son mucho más complejas que en el capitalismo, ya que en la sociedad antigua hubo numerosas contradicciones que no pueden definirse primariamente en función de esa circunstancia. Así, a los conflictos entre propietarios y no propietarios se añaden las oposiciones libre-esclavo, ciudadano-no ciudadano, hombre rural- hombre urbano, propietarios de tierras y ganado frente a propietarios de fortunas muebles.

La distinción entre patricios y plebeyos no desapareció jamás en la historia romana; pero en los siglos V y IV fue especialmente neta. La separación patricio-plebeya fue tan radical que en el 445, se implanta la lex Canuleia aceptado el matrimonio interestamental. Con ella la plebe no estaba ya legalmente excluida de ningún derecho o magistratura.

Para no alargar más esta parte de la historia; resulta que la plebe abandonó Roma y se instaló en el monte Aventino. Formó una comunidad política separada y esta secesión llevo consigo la erección de un santuario opuesto al capitolino y dedicado a Ceres, Líber y Líbera, dioses ancestrales del grano y la fertilidad biológica. Vaya, lo que hoy se conoce como una independencia. Después se integran ambos pueblos, merced a las amenazas invasoras, las guerras, convenios, etc.

En fin… la vida.

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2 Diciembre 2009

LOS CUERNOS ACABAN CON LA MONARQUÍA ROMANA

LAS LEGIONES

Legión

El ejército ya en principio se gestó como una organización muy compleja. De manera que mejor será aclarar algunos conceptos, a riesgo de resultar avinagrada mi exposición.

La ciudad estaba dividida en tres tribus: la de los latinos, la de los sabinos y la de los etruscos. Cada tribu estaba dividida en diez curias, o barrios. Cada curia en diez gentes, o manzanas de casas, y cada una de éstas, en familias. Las curias se reunían generalmente dos veces al año, y en estas ocasiones celebraban el comicio curado. Pues bien, el ejército nace basado sobre la división en las treinta curias, cada una de las cuales debía de proporcionar una centuria, o sea cien infantes, y una decuria, o sea diez jinetes con sus caballos. Las treinta centurias y las treinta decurias, o sea tres mil trescientos hombres, constituían juntas la legión. El rey, que quedaba como “delegado” de la voluntad popular, tenía el derecho de vida o muerte sobre los soldados, como comandante supremo que era. Pero para ejercer este poder militar debía pedir consejo al comicio centuriado, esto es a la legión en armas, en tiempos de guerra, y a los comicios curiados en tiempos de paz.

Todo el pueblo romano (incluso la clase más pobre –infra classmen) formaba parte del ejército. Sin embargo la leva, que se realizaba entre hombres de diecisiete a cuarenta y cinco años, tenía lugar exclusivamente en el marco de las curias. En la época monárquica el ejército no era profesional. Al final de cada campaña los soldados, que debían costearse su propio equipo militar, volvían a sus hogares sin  haber percibido ningún tipo de sueldo y a la espera de ser nuevamente llamados para sucesivas campañas.

- Titi, ¿a qué te vas a dedicar?

- Lo primero es apuntarme al paro, y como soy joven esperar hasta que le declaremos la guerra a Aníbal. En el entreacto, enseñarles el oficio a mis nietos.

- Lo llevas claro.

Esta fue la ordenación que dejó en herencia Rómulo, o quienquiera de fuese el primer rey de Roma, a la Urbe.

Después de Rómulo llegó Numa, y Tulio Hostilio, y Anco Marcio, y Tarquino Prisco, y Lucio Tarquino, y Servio.

Se cuenta que estando en el campo con sus soldados un hijo de Lucio Tarquino, Sexto Tarquino, y un sobrino de éste, Lucio Tarquino Colatino, mientras jugaban a hacerse daño, uno de ellos le dijo al otro:

- Mi mujer es sumamente honesta, pero ten cuidado con la tuya porque te está poniendo los cuernos.

- ¿Mi mujer puta?

- Tu mujer puta.

Decididos a comprobarlo, fueron a sus casas. Colatino vio a su mujer entregada a labores de costura, pero la mujer de Sexto, que eran frecuentes sus baqueteos, la pilló in fraganti disfrutando de amores con un libertino generoso de atributos. Sexto se vio corrido y urdió un plan para vengar su humillación: a guisa de Tenorio se llevó a la cama, con astucia y sin olvidar la violencia, a la mujer de Colatino, llamada Lucrecia. Esta pobre mujer, arrepentida, citó a su marido y a su padre, que era senador, para contarles la infidelidad al tiempo que se acuchillaba y moría. Junio Bruto (los Brutos siempre lo fueron en la historia), sobrino del rey, reunió al Senado, contó la cornuda historia y se propuso destronar a Tarquino el Soberbio y expulsar de la ciudad a toda la familia. Tarquino y Bruto enredaron la cosa hasta el punto de intervenir las legiones.

Es entonces cuando se instala la República, y como dato curioso diré que la monarquía de Roma había durado siete reyes, como más tarde la de Plantagenet en Inglaterra y la de los Borbones en Francia.

Estaba la Historia en el año 509 a.J.C. y habían transcurrido 246 ab urbe condita. Fue llamado annus mirbilis (año maravilloso) porque fue el de la creación del consulado; el del inicio de un nuevo tipo de calendario; el de la expulsión de los “reyes extranjeros”…

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13 Noviembre 2009

NACE LA BUROCRACIA

No quiero dejar pasar por alto la influencia que las costumbres religiosas de los etruscos ejercieron sobre Dante. Este pueblo conocía a la perfección y al detalle todos los tormentos del infierno. Sus sacerdotes creían que para tener a la gente atada e inmovilizada, más valían las amenazas de la condenación que las esperanzas de la absolución. Dante, nacido en Etruria, derrochó su parecer más sobre el infierno que sobre el paraíso. Eso de tener a la gente atada por vía de las amenazas de la condenación me suena a rito actual,  a ceremonia dogmática.

En política, sus ciudades eran dispersas e independientes, hasta el punto de no unirse entre ellas jamás; ni hubo una que destacara lo suficiente para anexionar al resto. Esto, lógicamente, favoreció a los romanos cuando entraron en guerra. Prefirieron ser anexionadas una a una por Roma  antes de ser conquistadas y sometidas.

Pero no creamos que los etruscos eran monjas de clausura. Si para la salvación de algún pariente debían hacer sacrificios humanos, los hacían. Los prisioneros de guerra eran destinados a este fin. Se sabe que en una batalla contra los romanos capturaron a trescientos de ellos: fueron muertos lapidados en Tarquinia. Y a la mañana siguiente, sobre sus hígados todavía palpitando, trataron de diagnosticar los acontecimientos futuros de la guerra.

Bien, pues todo lo que aquí se cuenta ha sido reconstruido gracias a la cerámica y bronce, única herencia dejada por los etruscos. Si hablamos de la cerámica no debemos dejar de resaltar la de "Apolo de Veyes", de terracota polícroma, que denota una gran pericia y un gusto refinado de los alfareros etruscos.

Pero como así los italianos de ahora hacen las cosas en broma y mal, aquellos de la Antigüedad lo hacían de manera seria. Y cuando se les metía entre ceja y ceja la destrucción de un enemigo, no le daban tregua. Y una vez vencido, no sólo ocupaban la casa sino que no dejaban piedra sobre piedra. Así sucedió con los etruscos una vez que se sintieron fuertes para desafiarlos, vengando las humillaciones a que habían sido sometidos. Y pasó lo que tenía que pasar, que a los etruscos no les dejaron los romanos ni los ojos para llorar.  Pocas veces habrá contado la Historia la desaparición de la faz de la Tierra de un pueblo, al tiempo que el vencedor borra sus huellas sin dejar ni rastros de su civilización.

Como nada es eterno, Tito Tacio murió y Rómulo pasó también años más tarde por ese mismo trance. Por cierto, los romanos dijeron que el dios Marte había raptado a Rómulo y lo tenía en el cielo emparejado con él como un dios más: el dios Quirino. Y como dios lo veneraron de igual forma que hacen los napolitanos con san Genaro.

Mas en fin, para no enredarnos ni enredarme, apunto que le sucedieron unos reyes que, más que reyes, debieron ser Papas, nada extraño porque todas las autoridades se apoyaban en la religión. Era una democracia en grado absoluto, sin clases sociales, que funcionó mientras Roma fue un villorrio y no se atrevió a sacar la cabeza fuera de sus murallas. El rey celebraba los sacrificios, dictaba leyes e impartía justicia; pero a medida que la ciudad crecía fue necesario nombrar "funcionarios", lo que dio origen al nacimiento de la "burocracia". A la ciudad, que sigue creciendo, le es necesario mantener los caminos en buen estado, empadronar a la población, atender a la higiene... Nace así el primer organismo llamado "ministerio", que se traduce en el llamado Consejo de los Ancianos o Senado. ¿Qué era este Senado, que ha llegado hasta nuestros días? Se componía de un centenar de miembros descendientes, por derecho de primogenitura, de aquellos pioneros que se desplazaron con Rómulo para fundar Roma.

Y claro, este pueblo tan peleón y tan ambicioso y tan bien gobernado necesitó igualmente de un ejército.

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31 Octubre 2009

LOS ETRUSCOS

Con vuestro permiso, creo que es conveniente dejar a los romanos solos en la Historia de su Península. Yo, que comencé abriendo libros indagando los orígenes de mis apellidos, resulta que me he enfrascado de lleno en Roma, hasta el punto de no saber cuándo salir de ella. No sólo de Roma, sino de mi estudio, de los libros y de mi habitación, que a mi madre la tengo tiesa de verme encerrado, callado y mohíno. Aparco la heráldica, que ya me interesa menos que antes – en mis primeros capítulos dije el motivo que me movió para estudiarla-, y continúo veloz en lo que estoy ahora pactando con mi intención, pasando incluso por encima del interés primario.

Para que los romanos se enseñorearan en su tierra era menester  terminar con los pueblos de al lado. Uno de ellos, y principal, los etruscos.  ¿Quiénes eran? Pues nadie sabe con certeza de dónde procedían. Vagas sospechas se tienen por la representación que ellos mismos dejaron en bronces, en féretros y en vasijas de barro: más corpulentos que los villanoveses y de rasgos que recuerdan su procedencia de Asia Menor. Fue el primer pueblo de Italia en posesión de una flota, lo que significa que llegaron por mar y esta coyuntura asienta la idea de sus orígenes. Otro dato esclarecedor es que no cabe duda de que fueron ellos los que dieron el nombre de Tirreno al mar que baña la costa de Toscana. Y Tirreno quiere decir precisamente “etrusco”.

Fundaron Perusa, Tarquinia, Arezzo…, ciudades mucho más modernas que los poblados latinos o sabinos, pues además de tener bastiones de defensa y calles bien diseñadas, las construyeron con albañales. Se tomaban la vida por el lado más agradable, y por eso los romanos, más ambiciosos, más románticos y más austeros, los vencieron. En sus vasijas y sepulcros nos dejaron escenas que nos muestran gente bien vestida, con la toga que, después, los romanos copiaron e hicieron de ella su traje nacional. Lucían barbas ensortijadas, alhajas en todos sitios y gustaban de largos cabellos. Y atención, que nuestra Fiesta Nacional viene de lejos porque una de las manifestaciones deportivas con las que se divertían era el espectáculo de la lucha entre hombre y el toro en la arena; tan estimada era que los que morían querían llevarse a la tumba algún recuerdo, en forma de pintura en vasijas, con el fin de divertirse en el más allá.

No pareciera sino que los etruscos hubieran planeado sobre la sociedad y la hubieran vuelto del revés, pues sentaron las bases para que en el futuro, el de hoy, discurriera por los cauces de sus registros. Así, respecto a la mujer, opusieron a las costumbres romanas la condición de la mujer libre, y muy libre, tomando parte en sus diversiones, como demuestran las representaciones que nos han llegado. En ellas se ven enjoyadas, aceitadas y sin pudor. Comen opíparo, beben a gollete, tocan la flauta y bailan. Los romanos, muy moralista ellos, cuando hablaban de una mujer licenciosa, la llamaban “toscana”, o sea, etrusca. Y Plauto, en una de sus comedias, nos saca de dudas sobre esta apreciación al representar a una chica acusada de seguir “costumbres toscanas”, como prostituta.

Y esto tuvo su influjo en la posteridad.

Tags: etruscos, toscano

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25 Octubre 2009

EL RAPTO DE LAS SABINAS

Y eligieron para su asentamiento las colinas; una de ellas, el Palatino, fue ocupada en primer lugar con la intención de seguir poblando las otras seis que se elevaban en torno.

Pero les surgió un grave problema.

- Oye, Rómulo, estamos de acuerdo contigo en lo que dices de poblar estas lomas, pero digo yo que cómo va a ser posible semejante fenómeno sin disponer de mujeres. Aquí todos somos hombres solteros y vírgenes. Habrá que organizar una caravana de mujeres o algo.

Y en llegando a este punto, lo siento, amigos, pero hemos de volver a la leyenda por fuerza. Rómulo, o como al final se llamara el gerifalte de aquellos tipos, no se le ocurrió otra cosa para procurar mujeres que organizar una gran fiesta alegando el nacimiento de la ciudad, e invitó a tomar parte en ella a los vecinos sabinos, con su rey Tito Tacio y sus hijas a la cabeza. Y hete aquí que mientras se entretenían los sabinos apostando en las carreras de caballos o a pie o de sacos –deporte preferido-, los dueños, ¿qué creéis que hicieron? Exactamente eso, les robaron a sus hijas y a los hombres los echaron a patadas.

Lo mismo que ahora, los antiguos eran muy sensibles en cuestiones de mujeres. Había antecedentes en otro tiempo y en otro reino. Helena también fue raptada y había costado una guerra de más de diez años que dejó arruinado un gran reino: el de Troya. Pero estamos en Roma. Los papás y los hermanos y primos de las sabinas volvieron y armados, como correspondía a la defensa de su honor. Los otros se atrincheraron en el Capitolio y confiaron las llaves de la fortaleza a Tarpeya, una chica muy romana que, se decía, estaba enamoradísima de Tito Tacio. ¡Ay el amor, cuánto destroza! Total, y para no cansar, le abrió una de las puertas y entraron a saco. Pero las mujeres intercedieron y dijeron ¡basta ya!, que de seguir la guerra y matarse entre ellos serían luego ellas las que se iban a quedar sin hombres. Y, oyes, que no tenemos queja de los  romanos; que se han portado con nosotras divinamente; que para ser nuevos hay que ver lo bien que saben hacer hijos… En fin, que como hablando se entiende la gente, pactaron y el asunto quedó como estaba, pero gobernando juntos Rómulo y Tacio. Y se llamaron desde entonces romanos quirites.

- ¿Dónde está Tarpeya, que me la traigan?, dijo Tacio, ya enamorado.

- Pues va a ser que no, quirite. Le compensamos el favor que nos hizo aplastándola bajo nuestros escudos.

 - Bueno, pues en su homenaje le llamaremos Tarpeya a los pedruscos en los que mandaremos estrellar a los traidores de la Patria.

Así sigue llamándose y visitándose, y los pedruscos se ven en las imágenes de los lados.

Y ya hablando en serio, lo más seguro es que los dos pueblos se hubieran mezclado voluntariamente y que el famoso rapto fuese tan sólo la normal ceremonia de un matrimonio bien avenido y deseado. Y es que los matrimonios se celebraban entonces con el rapto de la novia por parte del novio, pero con el consentimiento del padre de ella.

¿Es que no se sigue todavía esta costumbre en algunos pueblos primitivos?

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14 Octubre 2009

CAPUT MUNDI

 

 

 

Civilización etrusca

 

 

Repito, las cosas no sucedieron tal y como están relatadas en el artículo anterior. Eso pertenece a la leyenda. Lo que sucede es que era muy importante educar a los hijos en la creencia de que pertenecían a una patria edificada con la intervención de seres sobrenaturales y que, por tanto, tenían asignado un grandioso destino. Y esto dio un fundamento religioso a la historia de Roma, que se derrumbó cuando se prescindió de él. Efectivamente, la Urbe fue caput mundi mientras el cuento les hizo creer a sus hijos lo que les enseñaron los papás y los magistri,  esto es, que por sus venas corría sangre divina; pero cuando despertaron y comenzaron a dudar de sus antecedentes, el Imperio se vino abajo y el caput mundi se convirtió en colonia.

Pero vayamos despacio, Roma se lo merece. Quizá no todo sea leyenda en la bella fábula de Rómulo y Remo. Los datos que han encontrado la Arqueología y la Etnología tal vez demuestren elementos de verdad.

Treinta mil años atrás de Rómulo y Remo…; no, esta fecha queda muy lejana y sólo son especulaciones alrededor de huesecitos. Nos situamos sólo a dos mil años a.C. Por entonces llegan de los Alpes a Italia otras tribus de la Europa central, más adelantadas que los indígenas, que no viven en cuevas sino en palafitos, y eligen para sus asentamientos las regiones de los lagos, el Mayor, el de Como y el de Garda. La gente de fuera se iba a los lagos sólo por ver las innovaciones en viviendas y en tejidos.

- Marido, estoy harta de vivir en una cueva; me ha dicho la vecina de la derecha, la mujer de Tasiolo, que en los lagos se venden unos palafitos adosados que son un primor. Este verano me tienes que llevar a ver aquello y preguntar precio.

- Mujer, aquello es muy caro, allí hay que pagar dinero hasta para entrar, creo que han hecho una muralla de tapia para que no los vean los curiosos.

- Pues si hay que pagar, se paga.

Así empezó el turismo en Italia. En España fue con Doñana.

Debieron hacerse ricos. Descendieron hacia el sur y se asentaron en una ciudad que fundaron llamada Villanova, que dio origen a la civilización de su nombre. Conocieron el uso del hierro y fabricaron zarandajas que hoy están muy mal vistas: azadas, picos, palas…,  y cuchillos y navajas. De aquí derivan como raza, como lengua y como costumbre, los umbros, los sabinos y los latinos. Y dijeron “es bueno que estemos solos”, y se cepillaron a los ligures y sículos, que eran los dueños. Nos cuenta la historia que en el año 1000 a.C. ya habían fundado los nuevos venidos muchas poblaciones y una de ellas, la más poderosa, fue Alba Longa, capital del Lacio, a los pies del monte Albano, que se corresponde con Castelgandolfo, dicho sea con reservas. ¿Ven como todo no era leyenda? Pues estos albalongos, que eran braceros en busca de buena tierra, y maleantes con cuentas pendientes, y emisarios enviados en plan forestal para vigilar los montes y a los etruscos, que se decían pestes de ellos y que aparecieron sin saber de dónde venían; decía que recorrieron unos cuantos kilómetros más hacia el norte y fundaron Roma. Es muy posible que para no romper ni hacer añicos la leyenda, llegaran entre los pioneros una pareja de ellos que se llamaran Rómulo y Remo.

Y aquí confluyen la historia y la leyenda.

 

 

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8 Octubre 2009

RÓMULO Y REMO

Ayer quedamos pendientes de las decisiones de Amulio. Pues bien:

Amulio echaba las muelas cuando se enteró, pero no la mató. Aguardó a que pariese, y le llegaron no uno sino dos chicos gemelos. Ordenó meterlos en una almadia, la puso en el río al filo de la corriente para que, llegando al mar, se ahogaran. Pero, ¡milagro!, el viento condujo a la embarcación cerca de allí, encallando en la arena de la orilla. Y los niños lloraban de hambre y de frío. Y ahora es cuando llega lo de la loba que, en su bondad infinita o enviada por cualquier dios, quién sabe, los amamantó. De ahí que sea la loba el símbolo de Roma, cosa natural.

¡Un momento!, en este punto hay que reflexionar haciendo parada y fonda. Hay que matizar. Se dice que la loba no era una bestia, sino una señora viciosa de mucho postín, Acca Laurentia, y le llamaban la loba por su instinto salvaje y por lo mucho que le gustaba el sexo, que a pesar de tener marido ¡pobre!, daba vueltas y más vueltas por el bosque para tirarse a los jovencitos de los alrededores que le gustaban más que a un tonto un lápiz.

Cuando los destetó, les dio papillas y biberones, luego caldos y así hasta que le salieron los dientes y los alimentaba con pan y jamón. Les puso de nombre Rómulo y Remo, se hicieron mayores y llegaron a conocer su historia (de algún programa de la tele debió ser).

- Rómulo, Amulio se ha portado muy mal con nuestra madre y con nosotros mismos, ¿por qué no lo matamos?

Y como hubo consenso, si hay que matarlo se mata y cuanto antes, se largaron a Alba Longa, organizaron una revolución, mataron a Amulio y repusieron en el trono a Numitor, que ya el hombre estaba mayor, pero aceptó de buen grado, qué cosa será mandar. No esperaron a conocer si el abuelo tenía capacidad de mando y gobernaba bien, ni pretendieron la herencia del trono que les correspondía por vía directa y por la indirecta. Eran culillos de mal asiento y enristraron hacia el sitio donde encalló la embarcación que los condujo recién nacidos. Allí estaba el Tíber a punto de desembocar en la mar, y todavía sigue y corren sus aguas por el mismo sitio, no se vayan a creer. Allí se dijeron que construirían una ciudad y litigaron sobre el nombre que debían darle. Como no se ponían de acuerdo, decidieron que quien ganara en una apuesta sería quien la bautizara.

- El que más pájaros vea, gana.

Y Rómulo sobre el Palatino vio doce y ganó.

- Pues ya está, se llamará Roma.

Uncieron dos bueyes, excavaron un surco, y construyeron las murallas, jurando matar a quien se atreviera a traspasarlas. Pero Remo, envidiosillo él por perder la apuesta, derribó de una patada parte de ella alegando que era débil. Y, naturalmente, Rómulo, fiel a su palabra asió lo primero que encontró, una badila por ejemplo, y lo mató de un golpe certero.

Todo esto, dícese, aconteció 753 años antes de que Jesucristo naciese, exactamente el 21 de abril, que todavía se celebra como aniversario de una ciudad nacida de un fratricidio. Sus habitantes hicieron de ella el comienzo de la Historia del Mundo, hasta la llegada del Redentor que con él se impuso otra contabilidad.

Esa es la leyenda y así gustaba contársela a los niños; un algo porque creían en ella y un poco porque les halagaba mezclar los dioses influyentes con el nacimiento de la Urbe.

Pero, claro, las cosas no sucedieron precisamente de esa manera.

Lo leeremos otro día.

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28 Septiembre 2009

ROMA, SU LEYENDA

 Para la bachiller Sandra, que me lee y anima.

Dejemos a los españoles del mapa del anterior post con sus cosas, que ya está el Mediterráneo en ascuas por las contiendas que allá están sucediendo, y la actualidad nos pide paso. Por cierto que como hoy en España está levantando tanta soflama el idioma, hasta el punto que el oficial, que es el castellano, no se sabe escribir bien en las Provincias Vascongadas ni en Cataluña (muestras hay en documentos oficiales aireados), me he preguntado, y me ha parecido de valor, en qué idioma vernáculo se entenderían aquellos pueblos. Vamos a ver. Por inscripciones que se conocen, la Península era una Babel. Los lusitanos y celtíberos utilizaban la lengua céltica, parienta del griego y el latín, que a su vez procedían del tronco indoeuropeo. Los iberos del Levante y los tartesios hablaban lenguas raras.  De los iberos hay quien los emparienta con los vascos  y otros  que lo niegan en rotundidad; el idioma tartesio no se parece a ningún otro conocido, así que nunca pudieron vender el garum en los mercados nacionales por dificultades de entendimiento en la comunicación, sobre todo; y hubo de ser Roma con el tiempo quien lo descubriera, con gran alborozo por cierto.

- Oye, encargado, a ver si le das salida al excedente de garum.

- Es que los Oretanos no me entienden, jefe. Les llevo muestras, se las comen, me largan una palabra que no entiendo y me plantan en la calle sin más.

- ¿Y qué palabra te dicen?

- “Gracias”. Es un idioma muy raro, mire usted. Habrá que aprender idiomas, pero ¿cómo, si aquí no ha llegado CCC?

- Pues sáltate Sierra Morena y llega a la Carpetania a ver si allí…

- Peor, jefe, mientras no habrán Despeñaperros, ni hablar del peluquín. Yo creo que lo mejor que nos puede pasar es que nos conquisten.

En fin, que sigan con su industria y sus problemas mientras puedan, que nosotros nos vamos al Mediterráneo.

Inevitable era el encuentro entre Roma y Cartago. Solamente quedaban ellos en la mar y la mar no era suficiente para contenerlos. Sabemos del origen de los cartagineses –ya quedó explicado más abajo- , pero ¿quiénes eran los romanos? Un pueblo sin importancia, que nadie conocía; un pueblo de campesinos sin tradición naval ante el cual la Historia habría de descubrirse. Sólo copiando una nave enemiga encallada en una playa fueron capaces de construir una sólida escuadra de guerra.

Dice el poeta alemán Heine que si los romanos hubieran tenido que estudiar el latín no habrían encontrado jamás tiempo de conquistar el mundo. Lo que quiere decir que no perdieron el tiempo fatigándose como los tartesios porque nacían sabiéndolo, sin necesidad de estudiarlo.

Ya es algo para empezar hablando de ellos. Y una vez nacidos, la historia de su Patria se la contaban, poco más o menos, de la siguiente manera:

Cuando Ulises y Aquiles (griegos de Menelao) conquistaron Troya y la pasaron por las armas, un defensor de nombre Eneas se salvó. Su madre, que era de armas tomar, y nada menos que la diosa Venus, le cargó el zurrón de bienaventuranzas y le señaló el camino, diciéndole: ¡Vamos, tira! Y a lo tonto, a lo tonto, se encontró con Italia, que estaba en su sitio y sólo la conocían quienes la habitaban. La remontó hacia el norte,  llegó al Lacio y allí conoció a la hija del rey.

- Mi rey, quiero pedirle la mano de su hija.

- ¿Es ésta una forma de presentarte?

- Es lo que siempre se hace en estos casos, ¿no? Si lo prefiere le canto una oda.

- Bueno, bueno, piltrafilla, ¿con qué cuentas para hacer feliz a mi hija?

- Esa pregunta es para ella. ¿Con qué va a ser?, pues con lo que tengo oculto aquí abajo.

- ¡Ah!, bueno.

Naturalmente se comprende la intercesión de su madre Venus o Afrodita, que así la llamaban según las culturas, en el desparpajo que le esparció en su lengua haciéndola desaguar en un final muy propio de una mujer docta en las artes de la entrepierna.

Y casó con Lavinia, hija del rey Latino. No se le ocurrió a su suegro, eterno en el cargo, sino a él fundar una ciudad a la que le dio el nombre de su esposa, y desde ese momento vivieron felices y comieron perdices.

Su hijo Ascanio fundó Alba Longa y la convirtió en nueva capital. Tras ocho generaciones (unos 200 años después del arribo de Eneas), dos de sus descendientes, Numitor y Amulio,  estaban en el poder del Lacio. Pero, claro, como dos en un mismo trono quedan apretados, Amulio se las apañó para quedarse solo, matándolo, al igual que a sus hijos, menos uno: Rea Silvia, y para que ésta no pudiera crearle problemas con posibles descendientes suyos, la obligó a hacerse sacerdotisa de la diosa Vesta. Que se hizo monja quiere decir todo esto.

Pero Rea, que tenía ganas de hombre no se resignaba; y así un día que descansaba en el campo se durmió a la orilla de un río, y con poca ropa porque hacía mucho calor esa temporada. Mire usted por dónde, el dios Marte, que de vez en cuando se daba unos candaires por la Tierra, bien para organizar alguna guerra que otra, o bien para yacer con mujer joven, que era lo que realmente le gustaba, la poseyó y la dejó encinta en menos que canta un gallo.

Pero las represalias que tomó el malvado Amulio las dejo para otro día.

 

 

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Soy una persona tímida, como mi abuelo y como mi padre. Mi madre es otra cosa, es audaz, resuelta y arrojada. Mi padre es inteligente, pero flojo, “sin prisas, no corras, mujer, ve tranquila, no paaasa nada, que porque esté ardiendo el perol en la cocina no se va a incendiar la casa”. Es así, hay que aguantarlo. Cuando yo era un mocoso, una conjuntivitis se alió con mis ojos y mi madre se encaró con él para que nos llevara al médico, “que no, que no paaasa nada, eso es que está el crío rompiendo a ver a la niñita del tercero, que ya le apuntan las tetitas”. Y claro, con un hombre así en casa no esperes un buen porvenir. Y abandoné pronto el hogar con miles de consejos que mi madre me metió en la cabeza para evitar que la vida no me zarandeara, a sabiendas que no me iban a servir de mucho. Recibí al principio más palos que una estera, pero me sirvieron para colocarme en situación, otear mejor el horizonte y entender y estudiar al que me hablaba. Muy pronto supe que el pez grande se come al chico y decidí ser pez grande.

Fui novio de una chica que me pareció de buena posición y resultó ser hija de un millonario; el día que me presentó a su padre éste me preguntó: ¿cómo puedo estar seguro que usted no se casa con mi hija Petrita Montehermoso y Valdepinto de la Hueca por mi dinero? Yo no pensé en ese momento en Petrita Montehermoso y Valdepinto de la Hueca (ni siquiera sabía su segundo apellido, sólo que estaba buena y era rica), sino en la soberbia con la que me espetó la pregunta. Yo utilicé el mismo lenguaje: ¿cómo puedo yo estar seguro de que de aquí a un año usted no se arruina? Y me echaron de esa casa. No me desanimé, conquisté a una chica feota pero adinerada, hija de padre que amasó fortuna poniendo ladrillos, y cuando fui presentado a él, receló de mis intenciones. Me dijo: siendo mi hija fea, estoy seguro que usted viene por el interés. ¡Qué manía la de esta gente! Pues no, le dije yendo a por todas y una vez descubierto, el interés se lo mete usted por los cojones, yo vengo por el capital. Y me echaron de la casa. Y sigo rodando con la intención de ser pez grande. _____________________________________________

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